Sofía Barriga y el éxtasis de la danza

Jennie Carrasco

Bailarina, coreógrafa, maestra de danza contemporánea y contact improvisación

Quito, 1980

Escucharnos y poder escuchar lo que nos rodea. Somos un entramado de naturaleza, de plantas, animales, somos uno solo

En el claroscuro de una sala, en el tronco de un árbol o mirando el mundo al revés parada de cabeza, Sofía maneja el movimiento con la seguridad de que es parte de ese suelo, de esas ramas, del aire en el que se suspende, de la música que transmite su versátil cuerpo. 

Sin ser aún consciente del movimiento, a los 4 años empezó a hacer ballet, a los 13 gimnasia. Entonces, ya se dio cuenta de cuál era su camino. Empezó a comunicar desde el movimiento, bailó tango, música clásica, encima de una mesa, en el césped. 

Su madre murió cuando tenía 5 años. El padre se hizo cargo, pero era muy ocupado y ella creció sola, sin miedo a la muerte, sin miedo a nada, haciendo cosas de riesgo como mortales en el alero de un edificio. Desde pequeñita fue muy independiente. Era fuerte. Sabía que tenía que salir adelante sola. 

Sofía es una mujer de sensaciones, de percepciones, de piel. Y desde allí comunica. “Es mi manera de ir a otras capas, sin ponerle historia a lo que hago”. Desde su actividad de bailarina, performer, coreógrafa, gestora cultural, profesora de danza contemporánea y contact improvisación, su danza evidencia acciones que llevan a sensaciones, más que dibujar una historia con un principio, una trama y un final. Su arte convoca a conectarnos con nuestra propia piel. “Tenemos un corazón que está bailando dentro de nosotros. Como la flor de cada día, es mágico”. 

El contact improvisación –que es despertar los sentidos y bailar a partir de ese primer contacto con uno mismo y con el piso–, cambió su vida. Venía de la danza contemporánea, de la acrobacia. Esta práctica es dejar de hacer para ser. “Es un jam, un espacio de improvisación en el que todos bailamos para nosotros”. Y ella baila en silencio, no necesita música, “la mayor música son los latidos de mi corazón, mi respiración, la sensación de mi piel con el piso. No necesito una música para entrar en sintonía con mi danza. La música está en mí. Y en la naturaleza tengo otros sonidos que me inspiran”.

Bailó contact en muchos países, conociendo diferentes comunidades. Vivió en la Habana y en Argentina. También le gusta Japón, con la danza butoh. Ha estado en Chile, Brasil, Bolivia, Uruguay, Perú, Honduras, Colombia, Suecia, Israel; en Guatemala, en un festival de contact; en México invitada a dar clases. Vivió en Europa y quiere seguir viajando “tengo la estrella del viaje”, dice.  

Este año se va a hacer el octavo encuentro de contact improvisación en el Ecuador. Ha hecho cinco en Cuba. Ayudó a la organización del primero y segundo en Colombia. Ganó un Iber escena e invitó a siete artistas de Iberoamérica. Presentaron una obra y dieron clases en Alangasí. 

El performance que es expresión pura, es otra de sus pasiones. “Cuando entro a escena lo entrego todo. Ese momento es único, entro en sintonía con toda la fuerza de lo que quiero expresar. Atenta a lo que viene, viviendo al máximo ese segundo. La escena es un lugar de mucha presencia, me lleva a un lugar de escucha de todo lo que pasa. La luz, el sonido, el otro. Siento que soy todo, que la mirada del espectador atraviesa mi cuerpo”. Y entiende que es un canal, que está para comunicar. Siente que por la coronilla entra toda esa energía, y desde los pies, esas raíces. Desde el corazón se proyecta hacia las personas que están en el público, es un poco cada uno de ellos.

Hizo un solo “Conmigo” que une solos de toda su vida, una mezcla entre danza y performance. Desnuda, con todo el plástico que ha usado en su vida, cuestiona   la acumulación de basura, este ser en crisis con la contaminación, el plástico, los virus. Con esta obra ganó un premio en Loja y se ha hecho una película que está en etapa de difusión. Hay dos modalidades, una es cine y la otra, cine danza. 

Como cualquier artista, le gusta ser independiente y necesita explorar otros universos. Es multifacética, va de intérprete, directora, performer, directora de festivales. Por esos mundos que tienen que ver con las artes escénicas, con el movimiento, la gestión. “Soy un ser demasiado libre como para tener un jefe, una jefa”. 

Cuando llegó la maternidad, fue un clic. La hija se convirtió en su maestra. Decidió no viajar para entregarse a ella. Eso se ha trasladado a su creación. “Antes quería que todo salga perfecto, ahora fluyo con el presente, con lo que es. Hacer lo que está dentro de mis posibilidades, con todo el amor, y dejar que la vida fluya. Si no vivo el ahora, me ahogo en la expectativa, en las preguntas, recordando que somos una inhalación y una exhalación a la vez”. Agradecer es algo que le da vida, alegría. Muchos seres se le han ido y eso le hace agradecer más porque entiende lo que es irse.

Parte de su paz y su conexión viene de vivir en el campo, es su tesoro de la vida. Y agradece tener un pedacito de tierra y cuidarlo. Se siente acompañada por los árboles, los animales, la montaña, los vecinos y vecinas que son su familia. Fue citadina y le costó acostumbrarse, “pero cuando ya te enamoras del campo ya no quieres salir. Los trabajos del campo son muchos y hermosos, hay otra conexión, te encuentras a ti misma desde otro lugar”. Y quisiera tener más tiempo para trabajar la tierra, tener su gallinero, un espacio más adecuado para moverse y bailar tranquila. “Que la abundancia siempre nos acompañe para hacer lo que necesitamos”. 

Sofía Barriga Monteverde 

Fotografía: Edgar Dávila Soto

Espacio: Pueblo – Amaguaña 

Quito, 2021