Rosa Mosquera

Jennie Carrasco

Para mí la danza es un jugar con sabiduría

Es la directora de la casa afroecuatoriana Ochún, donde se respira alegría, danza, cantos, sanación.

El proyecto comenzó en los sectores periféricos de Quito, donde se abrió la energía para trabajar desde la Fundación Honrar la Vida. Puerta a puerta, con paciencia, Rosa reunió a los niños que se quedaban solos cuando las madres salían a trabajar, para hacer arte, música, danza, poesía, teatro, artesanía.

Luego tuvieron un espacio en La Mama Cuchara y trabajó con los niños en danza. Se armó un grupo de jóvenes que tocaban bomba con materiales reciclables. En Carapungo compraron una casa para la actividad cultural. Llegaban de todos los sectores. Se formó el grupo ‘Los torbellinos’ -por lo traviesos que eran niñas y niños-, y representaba danza de Esmeraldas. Se armó el coro Catalina Mina con la maestra Jesús García.

Hasta que llegaron a la casa en la 12 de Octubre y Lizardo García, donde se hacen talleres, seminarios, se ensaya danza, música, arte, se prestan los espacios para distintos eventos. En Casa Ochún hay mucho movimiento, se ensaya todos los días. En el estudio, cantando, danzando, “es un movimiento, una alegría que se escucha en esta casa”.

Se baila el andarele, van moviéndose, desplazándose, las faldas, “andarele, andarele, andarele vámonos”. El mapalé, representa al pez en el mar. Se baila Caramba, Canoita, Fabriciano. “Por muy mal que usted esté empieza a bailar estas danzas, con saltos y gritos, limpia la parte cardiovascular, el sistema inmunológico, el timo, articulaciones. Limpia la parte visceral”.  

Rosa hace danza afro tradicional y ahora la está fusionando con la danza afro contemporánea. En la Universidad Central da clases de danza afro contemporánea, pero sin perder lo tradicional para conservar las raíces.

Es de Limones, cantón Eloy Alfaro y vive 35 años en Quito. En Esmeraldas ya se involucró con el arte. En Quito sacó su título como maestra de danza. También estudió Sicología infantil, le gusta trabajar con niños. “No hay cosa más sagrada que trabajar con los niños porque ellos dicen las cosas con sinceridad, no andan con hipocresía”. Quienes han pasado por Casa Ochún, le dicen ‘Mama Rosa’.

Enseñarles danza y música a los niños son encargos que el Universo nos pone en el camino, dice. Van creciendo, algunos ya tienen pareja. Los niños son hábiles para la música, la danza, para tocar. Hay recuerdos hermosos. Son más de 20 años trabajando con ellos.

Organiza un evento para conmemorar la diáspora, con tres enfoques: trabajar con jóvenes sobre derechos sexuales y reproductivos; el conversatorio de mujeres, desde los derechos para reivindicar la identidad cultural; y, un recital de música y danza que se hace en Carapungo.

En Casa Ochún hay contacto con la comunidad del barrio La Floresta, los niños de escuelas y colegios asisten a esta dinámica del pueblo afroecuatoriano. Se hace un vínculo entre lo mestizo y lo afro. Se va a armar con los niños de las escuelas un coro y también cuentacuentos de pueblos y nacionalidades.

También hay conversatorios con poetas, escritoras, académicas.

Ella es muy dinámica y emprendedora. No puede estar quieta. “Tenemos que mirar más allá de nuestras narices para poder avanzar. Si estoy esperando que el papá estado me dé me voy a morir. Más bien yo le doy al papá estado. Esta fundación está a pulso de Rosa Mosquera y de los que colaboran de una manera u otra para que esto funcione”.

En la pandemia, Rosa estudió Biomagnetismo médico. Ahora, en Ochún se integra la sanación de las mujeres. “Esos son los encargos que nos dan los ancestros. Cuando mi madre que era sanadora, se enfermó, desperté de lo que estaba dormida, para aprender estos saberes”.

Rosa es hija de Eleguá, orisha de la mitología yoruba que abre los caminos. Además, es del arte de Mahikari. El Universo y los ancestros son los que le dan el permiso para avanzar en la sanación a través de técnicas milenarias.

Ser sanadora nace desde bien profundo, con conciencia. Cuando enfermó y estuvo a punto de morir, comenzó a sentir este don de sanar con la palabra, tener esa escucha amorosa. Y con las plantas. “Me siento feliz cuando viene alguien y le atiendo con estas manos maravillosas que Dios me ha dado, y mis ancestros y ancestras. Mi encargo es estar con las personas, y mientras más se sanan yo también voy elevando mi espíritu. Si yo pudiera solo estar sanando todos los días, sería más feliz de lo que soy”.

Rosa confía en que las mujeres volvamos a unirnos para conectarnos desde el útero, desde esa circularidad que es sagrada, una simbología con el sol, la luna, las estrellas y la tierra. “Esos úteros deben volver a unirse para que suenen al unísono. Nosotras tenemos que hacer estos círculos de sanación para que exista la paz, los abrazos de la circularidad para poder sanar. Porque nosotras somos las dadoras de vida, dadoras de amor”.

Rosa Elena Mosquera Jaramillo

Fotografía: María José Valencia Mosquera

Diáspora entre máscaras y más-caras dedicado a la Mujer Migrante.

Plaza Cívica de Carapungo

Quito, 25 de octubre del 2015