Jennie Carrasco
Música y directora del Ensamble Femenino Voz de Luna
Quito, 1962
Desde el mundo coral, dar un espacio para que otras personas encuentren la ilusión ante la desilusión
Mónica dirige el ensamble femenino Voz de Luna que está cumpliendo 15 años. Como un ejercicio de vida escribe sobre esta experiencia. Entre sus páginas, revé este proceso musical que nació cuando una maestra venezolana la invitó a cantar en Puerto Ordaz. Se organizó con otras mujeres que habían cantado en diferentes grupos. Armaron su coro y fueron a Venezuela.
Fue su primera presentación en un festival. Al regreso, decidieron continuar. La tónica de Voz de Luna deriva de ese primer festival que pedía cantar canciones escritas o compuestas por una mujer, que los arreglos hayan sido hechos por una mujer, o que la temática hable sobre mujeres. Entonces, Mónica se dedicó a hacer arreglos corales para el coro femenino, pues no hay mucho material.
Estudió en el Conservatorio Nacional de Música. Siempre le gustó cantar. “Desde chiquitita”, se paraba en las gradas de su casa, que tenían un eco enorme, y cantaba para sentir la reverberación del espacio.
Al venir de una familia bastante artística: el padre amaba la pintura; la música clásica que la madre ponía para despertarla; el gusto de la madre por leer y contar historias. Su hermana Leonor es pintora y escritora, Sheyla poeta, David tocaba la guitarra, Germán hizo cine y grabado. Su hijo también es artista, como músico crea sus canciones, y es principalmente dibujante. “Ha sido una bendición estar en el mundo del arte porque es una forma de que el alma se exprese”.
Cuando entró al Conservatorio el padre puso el grito en el cielo. No quería otra artista en la familia –ella es la última–. Pero era lo que quería y, para eso, debía ser muy buena estudiante en el colegio. Ahorrando los centavos del recreo, se pagaba el pasaje hasta la calle Cuenca donde estaba el Conservatorio. Allí, supo que había la cátedra de canto, pero ella ya estaba estudiando oboe, y terminó siendo instrumentista. Pero el canto siguió llamándola y estudió con Blanca Hauser y otros maestros hasta que entró al coro Ciudad de Quito.
También se dedica con empeño a la arreglística. Casi todos los arreglos son de canciones de mujeres como Martha Gómez, Natalia Lafourcade, Consuelo Velásquez, Eladia Blázquez, María Elena Walsh. Canciones para adultos e infantiles. Música navideña. Todo el tiempo está escuchando para escoger la canción precisa porque el canto de la solista tiene ciertas libertades que pueden ser difíciles para el coro. En sus arreglos, Mónica trata de que todas las voces tengan un protagonismo, para que luzca el color de cada una y que las mujeres se sientan bien cantando.
La condición de ser madres, profesionales, exige que el coro sea flexible, no son tan rigurosas como en otros coros, en los que hay horarios establecidos. Aquí es cuestión de fluir y sensibilizarse ante su realidad de mujeres. En los ensayos se trabaja la técnica vocal, fundamental para lograr el ensamble coral, para lograr esta sonoridad grupal del coro femenino que es muy diferente a los coros mixtos.
En el Ecuador, la mayoría de directores de coros son hombres. En Voz de Luna se ha posicionado el trato de “la directora”. Por eso organizan el Encuentro de mujeres en el canto, cuyo objetivo es la visibilización coral; destacar el talento de ensambles y coros integrados por mujeres a nivel local e internacional; promover obras creadas por compositoras, cantautoras y arreglistas musicales. También hay conversatorios, publicación de investigaciones y talleres dictados por maestras y directoras de varios países. Se han hecho cinco encuentros.
En el Ecuador no existe una formación en dirección coral, entonces a los directores y directoras les toca autoformarse, “error, acierto, error acierto. El reto es ir labrando un camino de liderazgo, de resiliencia, de saber trabajar con la comunidad coral. Es muy importante el trabajo con las compañeras, porque juntas es como hacemos este trabajo”.
Mónica fue coordinadora de Pedagogía musical y Pedagogía de las Artes por muchos años. Acompañó a numerosas personas en su sueño de convertirse en educadores musicales. “Es importante posibilitar a los otros que cumplan su sueño. Una llamadita, un consejo, hablar. Ha sido uno de los momentos más gratos de mi vida”. Con la jubilación tendrá el tiempo y espacio para crear sin presiones, para componer, aprender, mejorar. También quiere bordar, pintar. “Tener una cita íntima con el alma, bordar puntada por puntada, generar pequeños productos, conversar con amigos y estar en el ‘dolce far niente’”.
¿Tiene obras propias? “La sabrosura” es una que habla de la comida manabita, dedicada a las excelentes cocineras que eran su abuela y su tía. Hizo un pasillo que habla sobre el Guayas, que nace del Chimborazo, las aguas van viendo el entorno. Tiene arreglos grabados, y un libro de más de 100 canciones que piensa grabar con Voz de Luna y con coros de niños.
Más allá de los profundos sentimientos que le provocan el canto y la dirección coral, está su tristeza frente al mundo. “Mi alma se siente muy atormentada porque los cambios son demasiado terribles, abruptos, pero sé que es importante guardar la esperanza, ese deseo de hacer las cosas desde la bondad, desde la ternura. Aunque todo está terrible, también hay grietas por donde se puede salir. Echarle ganas, pasito a pasito, no decaer, porque lo que quieren es que decaigamos, atraparnos en esa vorágine que han creado. Vivamos en la ilusión de que el sol sale cada día para todos”.

Mónica Bravo
Fotografía: Jerónimo Villarreal
Foto de estudio
Quito, 2026

