Jennie Carrasco
Pedagoga, pianista y compositora
Riobamba, 1919 – 2012
La tristeza del pasillo es por la pentafonía, cuando no hay variaciones produce tristeza
Nació en Riobamba, en 1919, y vivió en Quito. A los 9 años entró al Conservatorio, algo inusual en ese tiempo, pero ella tenía todas las cualidades. A pesar de haber sido reconocida por grandes compositores de la época como Luis Humberto Salgado, fue discriminada por ser mujer. Graduada en 1954, tuvo que trabajar para ayudar a mantener a sus hermanos. Y luego, ya casada, a su familia.
Para estudiar, alquilaba el piano en el Conservatorio. Con su primer trabajo, a los 17 años, le compró el piano Linke alemán (grande, con candelabros) al pianista Gustavo Bueno, director del Conservatorio. En los años 70 lo donó a una escuela.
Según su propio testimonio, trabajó en radio HCJB tocando música popular y nacional. Asimismo, en la radio El palomar, y en radio Nariz del Diablo. Entonces, era el tiempo del pasillo y de la música en vivo en la radio. Nuestros abuelos los bailaban, con una cadencia especial. “Se usaba la dulzaina, pero fue prohibida porque decían que era muy triste y que era la causa de muchos suicidios”.
No fue un ama de casa tradicional. Lo doméstico no le gustaba, y lo evadía con la música. Era profesora fiscal de jardín de infantes y enseñaba teoría musical, danza y coros. Se destacó como profesora de varios colegios, del Conservatorio. En los años 60 y 70 ganaba casi todos los concursos estudiantiles de colegios masculinos y femeninos como el Gonzaga y el Gran Colombia. Viajó a Chile, en bus, con las chicas del coro, en 1973, antes del golpe. No entendía de política, pero le dio mucha pena ver tanta represión. Regresó llena de regalos. Las misiones de los salesianos le llevaron en avión al Oriente, siempre por la música.
En 1937 nacieron sus primeras composiciones. Algunos músicos dicen que su primera composición es difícil, compleja. En realidad, su música era elaborada, académica. Tiene más de 90 creaciones musicales, entre pasillos, valses, himnos de colegios, villancicos. 80 canciones infantiles que fueron publicadas en un cancionero. La Torera, Madre son las más conocidas.
Su hija Wilma revisa recortes de periódico desde los años 50 y hace un recuento de los reconocimientos públicos, de la absoluta entrega al trabajo que, ya jubilada, con más tiempo y dedicación, siguió teniendo porque amaba su profesión. Su universo era la música. Y cuando le tocaba enfrentar un evento musical, era muy exigente con todo el mundo, muy seria con esas cosas. “Tenía una mirada brillante, estaba viva”.
Dirigió el coro de la tercera edad del Instituto de Seguridad Social, al que le pusieron su nombre. Su sensibilidad no estaba solo en el oído, en la música, sino en detectar en las personas lo que les gustaba hacer. Así, les conseguía las zapatillas para el ballet, les encaminaba a hablar para estudiar en el Conservatorio, para danza o teatro.
Según Wilma, tenía una voz preciosa, podía hacer primera, segunda, tercera, cuarta, voz. En los coros, apoyaba a todas las voces. La gente la admiraba, hasta viejita. Su oído era tan fino y educado que, cuando los chicos venían a darles serenos a sus hijas y desafinaban, ella gritaba, muy molesta, su oído no resistía.
Entre los recuerdos cotidianos de Wilma está la espera de los hijos a las 5 de la tarde a que llegara del trabajo. Aunque estaba cansada, querían que tocara el piano, “no le dejábamos descansar”, dice Wilma que le pedía que cante “Una Señora Petita Pontón/ la mujer de don Tiburcio Simplón/ ya no tiene dientes se anda tambaleando/ pidiendo que yo le quiera así/ Ay señora, calle, calle, calle/ no me diga por Dios/ se me descompone el magín/ la paciencia sale de mí”. María Tejada la canta, Luis Miguel Campos la montó en teatro. Es de 1890, uno de los primeros pasillos escuchados en Quito.
Lidia era muy buena, generosa, tímida, introvertida, dulce e inocente, nunca dijo malas palabras, se inventó unas interjecciones “clavos, pimientas, tachuelas”. Se preciaba de no haber bebido un trago ni fumado un cigarrillo en su vida. Era la tranquila, la coherente, la que vivía el momento.
La compositora es importante también porque hizo un trabajo de hormiga en el museo de instrumentos musicales Pedro Pablo Traversari, con Inés Jijón. Las dos organizaron el registro documental de cada instrumento.
Trabajó en la investigación musical y recuperación de danzas folclóricas para la película perdida “Los guambras”, de 1961. El director fue Gabriel Tramontana. Ella registró la danza recogida en cada región. Los protagonistas eran tres niños que recorrían sus provincias, mostrando las danzas y cantos, Lidia les hacía actuar.
Gracias a su trayectoria musical, recibió un homenaje en la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Mercedes Larrea, desde el área de la Mujer, propuso su nombre y le dieron el premio Valdivia en el Congreso Nacional.
Lidia aglutinó a la familia, a veces reunía un coro familiar, la casa siempre llena de amigos que venían con guitarras, ex alumnos, exprofesoras; ella era el vínculo el centro, a partir del canto. Siempre tenía café, pan con mortadela, caramelos para las chicas del colegio, las señoras jubiladas.
Murió en 2012, muchas generaciones vinieron a saludar, agradecidas. Wilma organizó sus cosas, los recortes de prensa, las partituras, la música. Así recupera su memoria para ella misma y para todos. Esa fue la magia que acompañó a la familia y a quienes la rodeaban.

Lidia Esthela Noboa Irigoyen
Fotografía original: Archivo Wilma Granda Noboa
Intervención digital mediante IA y edición: Freddy Coello, 2026

