Jennie Carrasco
Artista escénica de circo y payasa
Quito, 1982
Lo que amo de ser payasa es la ruptura de la cuarta pared, el público puede entrar y yo puedo salir a la escena
Completamente viva se siente, cualquier molestia desaparece cuando está en escena. Sale de un lugar cotidiano, aburrido, estresante, a un lugar que puede habitar desde la felicidad, desde la soltura, desde el todo.
Para ella, es un error decir que el payaso es un personaje que solo hace reír. El payaso es un ser que hace sentir, hace pensar, su objetivo es que el público se sienta incómodo, enojado, feliz. Es fiel creyente de que los artistas escénicos tienen la responsabilidad de decir las cosas y hacer un cambio real desde la sensibilización, desde la naturaleza artística de ser humanos, porque nacemos artistas, bailarines, escritores, pintores, pero la escuela coarta, amolda. Y ha aprendido que con el circo es posible la autosuperación, la autoestima, y convoca a seguir adquiriendo destrezas, lanzar más pelotas, hacer trucos, las clavas, pararse de cabeza, subirse en el trapecio.
El circo tradicional, que viene de Europa hace siglos, está deslindado del contemporáneo que tiene manifestaciones más amplias y se usa también como herramienta de transformación social. Dentro de una carpa pueden suceder muchas cosas, como en el Circo de la Alegría y el Circo por los derechos, una carpa de circo, en la que trabajó Karla un par de años. Ha participado en una obra de máscara neutra contra la trata de personas. La obra de circo “Lunas” recorrió el país, hablando sobre la menstruación, para desmitificar el tema.
Ella se rebeló contra la academia porque quería demostrar a la sociedad que no necesitamos títulos ni adoctrinamientos para poder ser alguien en la vida. Nació y creció libre, aunque la familia paterna la criticó por estar en los semáforos con sus malabares. No obstante, ha demostrado que puede vivir de su profesión. Ahora, su abuela paterna es su más grande fan, igual que la familia materna.
Inició en El Cronopio con Guido Navarro, con técnica de base. Estuvo en un taller de clown y uno de bufón. Lo demás ha sido autoformación. “Estudié en la vida. Me gusta hacer las cosas bonitas. No quiero ser grotesca, vulgar. Me voy autoeducando desde mi propia visión. Me he ido profesionalizando desde la necesidad de perfeccionar mi oficio y de ponerlo en un lugar en el que el payaso está arriba, es grande”. Y aclara que se cree que el clown es el de la escena y el payaso es el del circo, de la calle, de la animación. “Eso no existe, somos payasos en el hospital, en la calle, en la escena”. Es solo cuestión de traducción.
Ha desarrollado su obra desde el corazón, mostrando honestidad, a partir de las técnicas de la mirada, el ridículo y el fracaso. Fracasar no está mal, dice, y enseña que es importante fracasar para tener un buen logro. “Lo lindo del ser payaso es que no necesitamos una super carpa, solo un espacio donde nos podamos parar, yo me he parado de cabeza en ripio, en funciones para niños. Eso es hermoso porque puedes llegar a cualquier lugar con tu maleta y tu nariz”.
Mientras hacía malabares en los semáforos, necesitaba un nombre y tomando el eslogan “de centavito en centavito se llega al dolarito”, se le ocurrió “Centavita”. Al maestro le pareció feo y le sugirió ponerse “Peseta”. Pero ella no quería ser una moneda, entonces se le ocurrió pez-eta, un pez terrorista de la risa. Ya son 24 años de eso.
Tiene su monólogo “Normas de buen comportamiento”, que trata sobre lo ridículo de la sociedad en la imposición de las normas hacia las mujeres. También ofrece espectáculos de circo, ligados al divertimento, sin enfocar un tema específico sino el juego con malabares, acrobacias, el ridículo, la participación.
Como trabajadora independiente, desde su propia metodología, creada a partir de la experiencia, maneja un proceso formativo, “Interiorizando en el oficio del payaso”, que busca que el estudiante lo haga respetando el oficio. Dura seis meses, con una muestra final. “Busco ir hacia adentro para que la siguiente vez que se ponga la nariz exija el respeto que merecemos como payasos”.
La necesidad de tener algo propio la llevó a crear, en su casa, hace dos años, “El jardín encantado” –que se acerca al título de un libro escrito por su abuela–. Se sostiene con funciones de títeres, varietés de circo, payasos. Está abierto a toda propuesta artística, sin machismo, homofobia o xenofobia, violencia o acoso, “nada que vulnere a ningún ser”. En este espacio se puede conjugar el arte con la naturaleza. La exuberancia de árboles de cedrón, tilo, níspero, farol chino, invita a abejas y varios pájaros, entre ellos, colibríes que vuelan en el escenario, y juegan con el artista del momento.
Por “El Jardín encantado” han pasado públicos felices, artistas prestando su arte. Una hermosa conjunción de gente creando, habitando, dándole vida al juego, el canto, la poesía. Payasos, títeres, teatro, conciertos. Circo, drama, infantiles, para adultos, fiestas, mariachis, ensayos. Allí da sus talleres. Y lo mejor de este espacio, abierto a la gente que viene de todas partes, es sentarse a conversar, compartir, generar vínculos, hacer nuevos amigos.
Con las animaciones infantiles logró –orgullosamente– sostener su casa y la educación de su hija que ha sido el motor de su existencia. Ahora ella ha volado a España para estudiar danza. “Con los hijos podemos empujar nuestros sueños, y cumplirlos”. Sin dejar de considerarse individuo, la maternidad la potenció para hacerlo con más ganas, sin miedo. “He trabajado de todo, sin vergüenza, vendiendo sánduches, bolones, ahora quiero vivir solo de dar talleres, con las presentaciones, con el ingreso del espacio. Soy feliz”.

Karla Rivadeneira Roura – Pez-eta
Fotografía: Carlos Guerrero
Centro Cultural Jardín Encantado
Sesión de fotos profesional
2026

