Angélica Alomoto y la ritualidad en su arte

Jennie Carrasco

Artista multidisciplinar, docente, investigadora

Quito, 1978

Es un cuerpo plural que se vincula con el río, las aves, los mundos acuáticos, los cantos que cantamos

Nacida en Quito, su niñez y adolescencia pasó en la Amazonia, sintiendo la exuberancia de la selva, la presencia de los animales, la relación simbiótica entre la gente y su hábitat. Ese entorno la sensibilizó y marcó su vida que, más adelante, se transformaría en arte. 

Estudió Artes en la universidad Central y regresó a la Amazonia. Siempre vuelve, pues una de las cosas que la alimentan para crear sus obras son esos paisajes, la vida comunitaria, el contexto cultural en el que se habla a las plantas, se canta a la familia, a los objetos. Todo es animado. Y todo es ritual, porque el ritual tiene referencias similares al mundo del arte. “Desde el agua hasta la neblina, el arco iris, las estrellas, la luna. En la ciudad, uno se siente huérfano, no sabe con quién conversar. Con los compañeros kichwa hablantes es un abrazo”. Cuerpo, naturaleza y espiritualidad se conjugan desde el respeto al tejido perfecto entre todas las expresiones de la vida. Angélica vincula el ritual a la práctica artística, y a la vida misma. Esto le permite transformar imágenes, objetos, ideas. 

Su relación con la imagen es otro punto de partida para su propuesta artística. En las culturas amazónicas los sueños son importantes. Al amanecer, se narraban los sueños y, según eso, los mayores planificaban el día. “La palabra, el aliento de esa hora de la mañana es nuestra imagen y con eso construimos el pensamiento”. 

Para ella también es importante la visión. En la Amazonia, con la familia o antes de cada proyecto, las mujeres toman ayawaska, cada una dice lo que ha visto y piden para que la planta permita traer las imágenes, para que ese mundo dé permiso. Así, van conversando, para que sea un buen inicio del proyecto, para que la mente se aclare y los sueños se cumplan. La obra de Angélica tiene que ver con el mundo de las visiones. “No es bueno ni malo, solo entender las tensiones de los mundos, de fuerzas que tienen que equilibrarse”.

Cuerpo, imagen y ritual. Su trabajo constante en la Amazonia le ha permitido incorporar, entre otros, los símbolos de la serpiente y la tortuga, en sintonía matemática y geométrica. Para hacer una obra, elige la matemática del caparazón de la tortuga, con sus trece hexágonos o los cinco pétalos en la flor de ayawaska. También incorpora figuras de murciélagos, sapos, ríos.  

Siempre busca la poesía que se encuentra en los mundos vegetal, animal y mineral. El hierro, el oro, son mágicos, “ese pedacito sirve para hacer un objeto, sabiendo de qué monte o río viene”. 

Es innegable también la influencia familiar. Kichwa descendiente, viene de una familia de artesanos, comerciantes, agricultores. Su madre y su abuelita, mujeres sabias, sin títulos ni escuela o colegio le heredaron saberes vitales. La abuelita era partera, yerbatera, la hija va a ser bióloga, de alguna manera, siguiendo el ritual de la vida. Y para su arte, está la continuidad de saberes de la familia: tinturas, fibras vegetales, tejido, animales mitológicos.

Su espíritu es tan libre que su creatividad va más allá de museos y salas de exposición. No se enmarca dentro de ningún estilo. “He sido bien indisciplinada, a veces hago video, cerámica, fotografía, obras con residuos de plantas, bailo, le canto al monte”. Y todo desde una estética potente y única.

Una de sus principales actividades es hacer vestuarios para ir a bailar en la montaña. Tules delicados, coronas de fibras vegetales, recreación de figuras precolombinas (cerámicas que lleva al monte para que sigan conversando con él), son usados artísticamente, para visitar wakas, sitios sagrados, en diferentes partes del país, y realizar sus rituales, para conectarse con la espiritualidad y continuar llamando a su inspiración, a la energía profunda de la tierra y del cosmos. “Cada waka tiene un sonido, me iba a bailar, a meditar, para obtener el sonido. Ese es mi nivel de aprendizaje. No he desvinculado el arte de las prácticas rituales, se unen, se transforman y dialogan libremente. No hay jerarquías”. Siente que cada vez que va a un lugar sus abuelitos ya estuvieron allí, “han de haber dejado una palabra para mí. Todo es poético”.

Otra de sus obras son las redes de pescar gigantes, tejidas con lisan, una variedad de paja toquilla, para que entren personas no solo peces. “Las obras te van hablando. Cada trampa de pesca tiene su voz, vive tres o cuatro meses y vuelve a la tierra”. En cada territorio en el que ha presentado, se habla de diferentes cosas.

Ha estado en muchas exposiciones colectivas, en Cuenca y Quito. Internacionales en Madrid, China, Holanda, Colombia, Estados Unidos, Brasil.

Por otro lado, está la dimensión política del arte. Prácticas como la suya no están ligadas a lo que pide el sistema. Al Estado no le interesa vincular los miles de años de sabiduría y tecnologías de estas culturas. “Si el Estado y sus instituciones no hablan de ese periodo, entonces nosotros hablaremos. Yo vinculo el arte al activismo, es poético, pero tiene dimensión política. Yo hablo desde el punto de vista político. Tiene mucho que ver en el debate y en el hacer”. 

Angélica Alomoto

Fotografía: Mauricio Alfonso Naya 

2026