Adulcir Saad, una longa adoptada por el Pichincha

Jennie Carrasco

El papel fundamental del arte es sensibilizar, ayudarnos a vibrar más allá de la cotidianidad. Como la vibración de la madre tierra que nos eleva

Si bien para Adulcir, el teatro siempre ha sido la actividad artística fundamental, es multifacética e incansable en cine, multimedia, literatura y gestión cultural. Su vida es de una riqueza que ahora le permite transmitir lo aprendido, contribuyendo a la conciencia de la comunidad.

De madre directora de teatro y actriz, Ilonka Vargas, y padre dramaturgo, Pedro Saad, desde muy chiquita, Adulcir formó parte del mundo escénico, como colaboradora y espectadora, incluso compartiendo los nervios de los estrenos.

La magia del teatro la definió en el colegio con “Luto eterno”, de Pedro Jorge Vera, y ha sido su línea de acción en las artes. Se encontró con el teatro adulto en “El zoológico de cristal”; “Las brujas de Salem”; “Hércules en el establo de Augías”; “Ha llegado un inspector”, obras con mensaje ético y contenido estético profundo. De ahí nace en ella esa visión humanista y política pues pertenece a una generación en la que la posibilidad de construir un mundo más justo era lo principal. También trabajó en cortometrajes, largometrajes y series de televisión.

Para estudiar teatro en Rusia, hizo un alto en su actividad teatral y en su participacion política y social. En Rusia vivió experiencias maravillosas que culturalmente le marcaron. Con una licenciatura en teatro y maestría en bellas artes con mención en cine, regresó casada con un ruso. Su primera hija nació en Moscú. La otra nació acá. “Son las alas de mi alma, aprendí lo que era el vuelo con las bendiciones que ellas trajeron”.

Al regreso, tuvo mucha actividad teatral: dar clases, compartir, extender los conocimientos y las búsquedas adquiridas, investigar la capacidad de dirección y de dramaturgia.

De niña, la impresionaron el racismo, la pobreza del mundo indígena, la “ofensiva soberbia” de la clase alta quiteña, el racismo contra el mundo afro. Era un contraste que no sabía cómo manejar. Eso la definió para vincularse, en un inicio desde los títeres, con la solidaridad, el encuentro, la empatía, “la construcción conjunta de una realidad más luminosa”.

La interculturalidad atraviesa su ser y se ha especializado en la investigación de las culturas preincas del país. Sabe que sin ello no se puede lograr un mestizaje cultural real ni una base de interculturalidad. “Yo soy longa adoptada del Pichincha”, afirma, al haberse convertido en historiadora del pueblo Kitu Kara, “son el tesoro más grande que los colonialistas nunca pudieron quitarnos”.

Declara amadas a las culturas preincas y rescata el alto grado de civilización con sus logros estéticos, éticos, en agricultura, textiles, metalurgia. “Para pararnos en nuestros propios pies reconozcamos los zapatos de barro con los que caminamos miles de años”, advierte. Sus obras aluden a la etnohistoria, la historia precolombina y la conquista. Sobre el tema tiene un cortometraje que desentraña las raíces de Quito, escondidas bajo el asfalto, la cangagua, los entierros, la belleza en los ponchos de espóndilus, la cerámica, trabajos en oro.

Como gestora cultural, recuerda la Chiva cultural, uno de sus proyectos más queridos, un centro cultural móvil y gratuito, dedicado a público popular. Tuvo varias temporadas, visitando los talleres en La Floresta; una ruta dedicada a Manuela Sáenz; la ruta de arte moderno y la arqueológica, con visitas a los sitios de Rumipamba y La Florida; la Casa Ochún; el Planetario. Los niños se iban felices. Su sueño es retomar esta saludable actividad.

Recuerda también la biblioteca móvil, con la que se dio en préstamo 10 mil libros por año. Libros de lectoría corta, fotografía, arte, leyendas, cuento, textos infantiles, mucha poesía. “Tuvo una acogida fantástica”.

A partir de esas experiencias, el compromiso con las nuevas generaciones se mantiene. “Todos los wawas son nuestros wawas, todos los jóvenes están a nuestro cuidado”, dice, mientras habla de su nuevo sueño: montar “Caminos de luna y sol”, una comedia para jóvenes que narra la historia de un joven yumbo, en 1492.

La literatura llegó a su vida a los 40 años, en un momento en que la angustia comenzó a jugar un rol importante. Entonces se abrió la vena literaria de la mano del padre y de Luis Miguel Campos. “El tronco nutriente de estos dos seres me salpicó y empecé a soltarme con las palabras”. Tiene un libro de cuentos publicado por el ministerio de Cultura. Su nuevo libro sobre los primeros migrantes libaneses al Ecuador, con sus aportes culturales al país, será publicado por Abya Yala en 2026. Y otro de poesía saldrá pronto.

 Tiene listos dos guiones de cortometraje, pero los costos son elevados. No obstante, Adulcir mantiene su convicción de que el arte implica elevar la vibración del espíritu humano hacia búsquedas más depuradas, más altruistas, generosas.

Adulcir Saad

Fotografía: Estudio Silva

Obra de teatro LA AZUCENA DE QUITO

 Personaje: Sebastiana

Autor: Luis Miguel Campos

Quito, 1997