María Teresa García y su eterna compañera

Jennie Carrasco

Fotógrafa

Sangolquí, 1945

 La fotografía tiene ese poder y esa intimidad: revive con uno, una y otra vez, en el mirarse mutuamente con la imagen

María Teresa creció en la casa de sus abuelos, en Sangolquí, una casa con canarios, jardines, un gallinero, una chanchera, una huerta. Cuando niña, le gustaba correr por entre las sábanas mojadas y llenas de almidón, oliendo a limón. “Fui muy afortunada y agraciada con este ambiente y el trato con la naturaleza y con la familia”.

Sus recuerdos están ligados a una mirada profunda que más tarde se reflejaría en su fotografía. Cuenta que le encantaba ver cómo la gente llegaba al molino del pueblo, y la harina se dispersaba por el ambiente, cubriendo los cuerpos, el pelo, las pestañas de todos, haciéndolos parecer fantasmas. Ojalá hubiera hecho fotografía de esas escenas tan de pueblo, lamenta. Ama su Sangolquí, sentir que pertenece “a esas calles, a esas piedras, a ese aire, olores, sabores, colores. Regreso a mis raíces y las agarro a borbotones”. 

La primera vez que María Teresa vio una fotografía fue cuando abrió el armario secreto de su madre, y al destapar una cajita escondida apareció la foto de una niña muerta. “La fotografía me miraba, el sol amarillento del atardecer entraba por la ventana. Me espanté. Ese fue mi primer gran encuentro con la fotografía”. Años después, en Maryland, pudo ver el nacimiento del retrato de una mujer en un laboratorio, por medio de la magia del revelador. “Entonces entendí que ese era mi llamado. Al día siguiente me matriculé en clases de fotografía”. 

En su camino por la vida aprendió que una de las formas de ser agradecida con los ancestros, con el pueblo, era construir una historia de Sangolquí. En 1982 nacieron las primeras fotos en blanco y negro. “Porque el blanco y negro te permite tener una introspección más clara. El blanco y negro no me distrae como el color. Cuando quiero ver otra cosa, el blanco y negro es mágico”.

En Sangolquí ha hecho paisajes, las montañas, los campos. Pero lo que más le atrae es fotografiar a la gente, familia, vecinos, danzantes, viejos, mujeres, niños, rostros que cuentan historias, que le dicen con quién está tratando. Capta el alma de las personas retratadas. Su ojo le permite jugar con la luz y el color, la sombra, las texturas. La dirección de la luz, sobre todo, determina el mensaje de la escena, el lenguaje. “La contraluz es linda porque dibuja siluetas frente a espacios claros”.

Cuando vino lo digital, cuestionaba, le parecía incierto, la calidad no era tan buena. Ahora hay mucha calidad, se puede corregir, adecuar. La plástica es otra.  La película da otro tipo de lectura, son lenguajes que hablan desde sus propias características. Experimenta con metales, diferentes tipos de papeles, por sus texturas, papel fotográfico, papel de aluminio, grabados en seda, collages, placas fotográficas. 

Su obra, con mensaje social, con una estética muy personal, es el resultado de mirar culturas (en los cien países que ha visitado), siempre curiosa y sin empacho en meterse en sitios que pueden ser prohibidos o para los demás no ser interesantes. Por eso le gusta viajar sola, tomarse su tiempo. Para ella la mayor gratificación es hacer la foto, involucrarse con la escena, cuestionar, ver qué hay más allá; es algo que la lleva de la pasión a la obsesión. Las fotos son decidoras de cada cultura, la religiosidad, el amor, la familia, la vestimenta, la enfermedad, fotos que recuerdan olores, sensaciones, emociones. Vietnam, China, Tailandia, Japón. Templos, figuras de Buda, del niño Dios. 

“El otro Sangolquí” es su obra más conocida, y es muy apreciada porque casi no hay un fotógrafo que haya llevado un registro por años del lugar donde nació, hecho poesía o magia. El libro tiene la esencia del pueblo y de la fotógrafa que ha sido invitada por la marca de cámaras fotográficas Leica (que es su marca), para exponer esta obra en Londres, en 2028. 

“Llegando a los 50” es otra obra importante, que narra el encuentro con ella misma, ante el espejo, frente a su cuerpo y las actividades de su vida cotidiana. En el primer autorretrato está con rulos en la cabeza, con salida de cama, en la cocina, como protesta ante lo doméstico. Es un monólogo frente a la cámara, “quién soy, qué hago aquí”. Hacer esas fotos, para ella fue sanador.

En 2024 recibió el premio Mariano Aguilera a la trayectoria artística, en sus 45 años de carrera, gracias a lo innovador en géneros, técnicas y temas. Ha expuesto en Asia, Europa, Sud América, Estados Unidos. 

Cincuenta años de práctica con la fotografía y, en sus archivos, aún descubre fotos que nunca ha ampliado. Tiene cerca de 20 mil negativos. Seguramente se sorprenderá a sí misma, con fotos inéditas, algunas tal vez sin recordar dónde fueron hechas. Pero están ahí diciendo “estoy viva, para tu disfrute, para que construyas”.

Otras colecciones son “Sacro y profano”, “Retratismo”. Tiene libros de sus nietas. “A veces les hostigaba”, confiesa. No más fotos pedían, entonces, no habrá más libros. Ahora ruegan que les tome fotos. Son obras hechas con mucho cariño, desde que nacieron. Está la intimidad, verlas crecer, ver cómo cambian. A ellas les encanta mirarse también. 

María Teresa practica Zen. La lleva a una comprensión de la esencia divina que todos tenemos. “Todos somos budas. La compasión es un elemento muy importante del budismo. En la meditación se usa el silencio para experimentar la esencia divina. La práctica diaria es el camino para la iluminación, para que los velos que impiden ver al yo real, puedan desaparecer, el odio, las ambiciones, la mentira, el sufrimiento”. Y desde el Zen enfoca su fotografía. Desde su budeidad, que transmite calma y, a la vez, proyección a lo eterno.

María Teresa García 

Autorretrato

Habitación Castle Inn Hotel

Varsovia, Polonia, 2026