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CORINA MONTALVO PDF Imprimir Correo

Fotografía: Esmeralda Rosales
“Mamá Corina con su Mukawa”
Festival del Camino de las Flores Atayak Sarayacu.
Sarayacu, 2014

Una voz en la selva

Aprendió desde niña las canciones que coreaban los mayores. Siempre escuchó la música de la floresta, de todo lo que en ella habita. Las mujeres cantaban en reuniones de chicha, en la chacra, cuando estaban sembrando y cosechando. Ella quiso aprender a conectarse con el mundo a través de la voz y se encontró con Ana Gualinga y Mona Gualinga, quienes le enseñaron a modular las melodías de la selva, de las mujeres, los cantos sagrados y secretos. La impresionó el sonido musical de la hoja, Ana Gualinga era experta tocando hoja y usando la voz y fue quien guió a Corina por los caminos del canto, de la unión musical con el alma del mundo.

Nativa de Sarayaku, un pueblo que vive de la caza, la pesca, la artesanía y la agricultura, mujer kichwa, su nombre completo es Corina Adriana Montalvo Cuji. Entona cantos espirituales, temas profundos en relación con la tierra, la siembra de la yuca, cantos de amor, entre ríos y trinos de aves coloridas, de alegría ante el nacimiento, otros de encantamiento y magia para tejer la vida.

A los diez años Corina ya cantaba. “Yo soy nacida en Sarayaku, pero después me llevaron a otro lugar y me entregaron a un yachak. Ahí me dejó mi mamá, ahí me crié, en una sola casa, sin pasear, sin moverme a ningún lado”. En esa soledad, en ese silencio, Corina empezó a cantar. Era una niña huérfana y aprendió las canciones de los sabios yachaks de su pueblo. Observando, guardaba la música en su corazón y canturreaba, en comunión con la naturaleza. En su aislamiento, con su dulce voz kichwa, entonaba las canciones sagradas, entre ella y la tierra, ella y los frutos, ella y los animales. Sus canciones guardan los secretos de la vida profunda, de la conexión femenina con la Madre Tierra. Intensa y, a la vez, apacible.
Con su voz única, Corina ha entonado melodías cuya letra y música hablan del comportamiento de los animales para aplicar al comportamiento de los humanos: a través del canto a las ranas, les dice a los niños o niñas, “como esta ranita te vas a comportar”. O al mirar el color del crepúsculo, entona el canto a los enamorados: “como la puesta del sol no vas escapar, vas a girar y girar y, por más que quieras escapar, no vas a poder”.
El canto a la araña puede servir tanto para el trabajo como para el amor: “Como la araña vas a trabajar, como la araña vas a tener amor, con ese tejido puedes envolver el corazón y puedes enamorar”.

Pero también hay cantos tristes, la gente canta cuando le traicionan. Si algún enamorado se burló de la mujer o la abandonó, a través de la distancia ella le hace entristecer con los cantos. Cuando la gente muere no se canta. Solo lloran los deudos.

Toda esa sensibilidad para el canto la llevó a encontrarse con ella misma. Cuando se hizo señorita, “empezó a vestirse bien y a estar bonita. Pintó de negro su falda con color natural, perfumó su cabello y su cuerpo y así vivió, recogiendo los perfumes de la selva, los ponía en sus cosas y se identificó con esos olores. Los aromas de las flores del bosque la embellecían y le daban un aire único. A una cuadra se percibía su perfume. Era la maga de los perfumes de la selva”, la describe su hija Patricia, asegurando que todavía se mantiene bella y elegante.
A los 24 años encontró a su compañero, Sabino Gualinga, yachak, con quien ha compartido el arte de curar. Se casaron y tuvieron cuatro hijos varones y dos hijas mujeres.

Cuando tuvo hijos, Corina ya no cantaba sola, entonaba hermosas canciones para sus hijos e hijas. Los vecinos la escucharon y se quedaron maravillados con su voz. Se corrió la noticia y la invitaron a cantar en público. Interpretaba sus canciones por pedido, en todo tipo de celebración. Fue importante la presentación en Quito, en el parque La Carolina, en la marcha indígena de 1990. Envolvió con la energía del sol a toda la gente que escuchaba su canto. Otra presentación significativa fue en el lanzamiento de la serie Ñawi, dejó oír su voz en vivo a una gran audiencia.
Corina recuerda cuando Sarayaku era un pueblo pequeño, donde vivían solo indígenas. Todos estaban pintados con huituj, desde las piernas a los pies con diferentes figuras. Los brazos, cara y dientes llevaban un color negro. Actualmente aún se pintan con huituj, pero ya no los dientes. Ella lo usa en ocasiones especiales, y se tiñe el cabello con este vegetal.

En su pueblo todos se identifican con algún animal de la selva. Ella se reconoce en el jaguar rojo, animal que simboliza la fuerza, es el animal del gran salto. Todos los animales son ágiles pero este es el que más alto salta. Como ella conoce y canta la canción del jaguar, este le sigue. Cuando iba a la chacra, él siempre iba en sus pisadas, cuando regresaba de la chacra él andaba delante de ella. Lo sentía su amigo. Cuando estaba lejos, este le hacía soñar, avisándole como estaban sus cultivos. Tenía yuca, plátano, piñas, papas chinas, papaya, caña, papa jíbara. Cerca del río había maíz, maní, frijol. “Siempre cantaba cuando estaba en la chacra, cuando me sentía bien, cantaba”, dice recordando la voz firme de su juventud.
Como parte de ese entorno amazónico y natural, Corina también sabe curar con hierbas, sabe de la utilización de los pajus, que son poderes menores. Toda persona puede tenerlos. Para infecciones tiene una planta que se llama misapu, ella le habla a la planta, le va calentando y al día siguiente ya se mejora. Otra planta es la hoja de la boa para los abscesos, que hay a la orilla del río. Cortezas de árboles para las infecciones, plantas para baños, cuando están muy débiles, con sueño, están temblando, cuando están con parálisis, hay que buscar las hojas buenas. Antes tomaba ayawaska que Sabino preparaba, como medicina. Su esposo toma y es muy saludable.

Actualmente, Corina siente que ya está anciana, que no tiene todo el ánimo de estar feliz, que quisiera cantar pero se le seca la voz. Por eso no canta. Pero se siente contenta por haber usado su voz para buenos cantos. Y más feliz aún porque se maravilla al escuchar su propia voz pues su hijo Eriberto, ha grabado unas cuarenta canciones suyas.

Y dentro de ella resuenan las notas de la selva, de la vida entera, cuando cantó para ella sola, para la tierra, el agua, el cielo. Su hijo Eriberto difundirá esos cantos, en algún momento, para gozo de quienes aman la naturaleza y quieren acercarse al sentimiento de una mujer sensible, que transmite la voz de la selva con su propia voz.

 

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