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Pilar Bustos PDF Imprimir Correo

FOTOGRAFÍA: Silvia Echevarría
AÑO: 2009

 

“A través del dibujo, de su posibilidad sintética puedo ir a lo más elemental y expresivo del ser humano”

Su potencial artístico se evidenció desde la infancia, su abuela, y principalmente  su madre, vislumbró las posibilidades artísticas en las primeras figuras esculpidas por Pilar cuando era niña, “a  mi madre siempre le pareció que era importante casarse y ser culta, por eso nos inculcó el estudio como primera herramienta”.

Esa inquietud por la forma fue creciendo hasta sus años de secundaria, que coincidieron con su estadía en La Habana, experiencia que marcará definitivamente su destino de pintora. Corría entonces el año sesenta y dos en un país que se transformaba, ella y su hermana llegaron directamente a alfabetizar, trabajo que fue recompensado con una beca para La escuela Nacional de Arte, donde inició su formación. Según recuerda Pilar “la mejor etapa de mi carrera”, una carrera que se empezaba con maestro estupendos como Servando Cabrera, Jorge Rigol, Adigio Benítez, Ricardo Porro, a quienes evoca con inmenso afecto y admiración. Dirá también que esos años fueron cruciales en su vida, porque “era el momento de Cuba”, la revolución recién había triunfado, el impulso que se daba al arte era inigualable, además todos los intelectuales del mundo querían pasar por la isla, “el mismo Sartre estuvo ahí dictando una conferencia”, llegaban los connotados del mundo.

Tuve la suerte de recibir clases de dos grandes maestros: Wilfredo Lam y Roberto Matta. Ever Fonseca, Gilberto Frómeta, Nelson Domínguez, Zaida de Río, además de formar parte de la lista de pintores contemporáneos cubanos, pertenecen a la nómina de compañeros muy queridos de la escuela, de quienes conserva no solo su recuerdo sino también su amistad.
“Servando Cabrera fue quien más me estimuló” en sus clases se ponía mucho énfasis en el dibujo, “trabajábamos también el estilo chino con el pincel y directamente sobre el papel”. Entrenamiento que con seguridad influenció en el estilo y el dibujo que hoy la define.

A los veinte años realiza su primera exposición, estimulada por Cabrera y frente a la desconfianza de Porro, otro de sus referentes, que en esa ocasión le insistía en no apurarse; pero estaba escrito, los resultados fueron muy gratificantes y le abrieron camino para seguir avanzando. Después de eso vendrá un concurso de murales del cuál saldrá triunfadora y plasmará su primer gran mural en ciudad Sandino, un trabajo de grandes dimensiones construido con terrazo, pigmentos de colores y pedazos de mármol, “difícil” recuerda su autora, pero valió la pena, hoy el mural sigue en pie. Ese triunfo será el inicio de numerosos logros, de una gran cantidad de exposiciones fuera y dentro del territorio.

En el año sesenta y siete regresa a Ecuador después de haber hecho cosas importantes a nivel artístico, “pero aquí mis dibujos no eran para nada reconocidos, nadie los valoraba;  me tocó entrar a trabajar como diseñadora de ropa, en publicidad;  además, por comunista no me daban trabajo”. Hasta que llegó la ocasión, cuando el maestro Guayasamín vio los dibujos y “me hizo una exposición en la Casa de la Cultura, digo me hizo porque yo estuve ausente, fue mi madre quien le entregó todo el material”.

Hoy, quizá la pintura es otra cosa, dice Pilar, no obstante, el dibujo sigue siendo para esta artista lo más importante, lo más significativo, un signo de expresión gráfica capaz de trazar un cuerpo, plasmar su equilibrio y sentimiento tan solo a través de la línea.  En ese sentido el trazo de Pilar se emparenta con la danza, como trazo abstracto repleto de significado. Su dibujo evoca conceptualmente a su gran maestro Ricardo Porro, arquitecto que define su oficio “como la creación de un marco poético a la acción humana del hombre” y pilar construye esos cuerpos humanos que transitan la vida y lo hace desde la precisión de la línea.

Genoveva Mora Toral
4 de marzo de 2010
 

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